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LA AUTORA

Cuentan que, ms all de los Montes de Hielo, ms all de la Ciudad de Cristal, habita la Emperatriz en un deslumbrante palacio.... Bipa no cree en los cuentos de hadas. No le interesa lo que pueda haber ms all de las Cuevas donde habita su gente. Pero cuando su amigo Aer, fascinado por la leyenda de la mtica Emperatriz, parte en un viaje hacia una muerte segura, Bipa ir a buscarlo, arriesgando su propia vida en un mundo de hielo baado por la luz de la estrella azul, persiguiendo algo que puede no ser ms que una quimera. Existe de veras el Reino Etreo? Existe algo ms all de la confortable seguridad de las Cuevas? O, por el contrario, no hay ms que fro, muerte y oscuridad?

HISTORIA DE UNA HISTORIA

Para salvar el alma de su madrastra, Jonathan debe encontrar el reloj Deveraux antes de que transcurran doce horas. Est en algn lugar de la Ciudad Antigua. Pero a medida que avanza la noche, la ciudad va transformndose. Es y no es la misma...

CONTINUACION ''ALAS DE FUEGO''

I. La reina Marla se hallaba asomada al amplio balcón del salón del trono, viendo combatir a su ángel, cuando recibió la noticia del asesinato del conde Aren. El mensajero le habló al oído, de manera que nadie más pudo escucharlo, pero los labios de ella se fruncieron levemente. Aquella fue su única reacción. No comentoó el asunto con nadie maás. Cuando el mensajero se retiroó, la reina Marla continuó en la misma posicióon, asomada a la balconada, como si la noticia hubiese sido del todo intranscendente. La reina Marla tenía diecisiete añnos, y era la soberana de una nacióon resplandeciente, pero rodeada de reyes ambiciosos que deseaban ampliar su territorio. Marla había aprendido desde ninña a no mostrar sus sentimientos, porque no ignoraba que tenía espiías en la corte. Todo el mundo sabía que no confiaba en nadie. Salvo, quizáa, en su aángel. Abajo, en el patio, dos figuras se batíian en un duelo de espadas. Una de ellas era un feroz baárbaro que había venido desde las llanuras del este para tratar de alcanzar la fama como combatiente en los Juegos de Karishia, la capital del reino. En los tres meses que llevaba luchando todavíia no había perdido un solo combate. Cuando saltaba a la arena, todos vociferaban su nombre, enardecidos. Pero cuando caminaba por las calles de la ciudad, exhibiendo su poderosa musculatura, la gente se apartaba a su paso, intimidada. Había hecho fortuna en los Juegos y era admirado y respetado. Una noche, en una fiesta, había afirmado que sería capaz de derrotar al ángel de la reina Marla. Estaba borracho cuando lo dijo, pero, de todos modos, la noticia del desafío había corrido por toda Karishia, y él no había tenido más remedio que hacer llegar al palacio un reto formal. Todos sabían que al ángel no le gustaba luchar en peleas banales. Pero el bárbaro era famoso, y el desafío había despertado mucha expectación. La propia Marla le había pedido que combatiese. Y allí estaba ella. Cubría su cuerpo con una armadura de oro, reluciente como el mismo sol. Sus cabellos negros, recogidos en un complicado peinado de trenzas, se le desparramaban por los hombros, rectos y orgullosos. Había extendido sus grandes alas blancas, y su sombra parecía cubrirlo todo. Era casi tan alta como el enorme bárbaro, pero infinitamente más hermosa. Su nombre era Ahriel. El mercenario gruñó, alzó la espada y se lanzó contra ella. Ahriel esperó, seria y serena, con los músculos en tensión. Se movió ágilmente en el último momento y se apartó de la trayectoria del bárbaro, que casi perdió el equilibrio. No había sido un movimiento muy airoso por su parte. Los espectadores rieron, y el bárbaro gruñó. Pero Ahriel no sonrió. –¿Por qué no utilizas tus alas, pajarita? –escupió el mercenario–. ¿Por qué no vuelas? Nadie se había atrevido nunca a hablarle de esa forma al ángel de la reina Marla, pero el bárbaro estaba furioso, y había sido herido en su orgullo de hombre del este. –No estaríamos en igualdad de condiciones –dijo Ahriel suavemente; su voz sonaba clara y profunda como el tañido de una campana. El bárbaro gruñó de nuevo y se lanzó sobre ella con un grito salvaje. En esta ocasión, Ahriel no se apartó. Las espadas chocaron. Saltaron chispas. Los mandobles del luchador eran poderosos, sin duda, pero el ángel movía su arma con elegancia y una seguridad casi sobrehumana, como si estuviese completamente convencida de estar haciendo lo correcto en cada momento. Y así debía de ser, puesto que, instantes después, la espada del bárbaro salió volando por los aires y aterrizó sobre las baldosas del patio con un sonoro chasquido metálico. Hubo un silencio incrédulo. El bárbaro, atónito, cayó de rodillas ante el ángel. Se oyeron algunos tímidos aplausos. Ahriel era siempre muy reservada. Todos la admiraban y la temían, pero ella no tenía amigos. Salvo, quizá, la reina Marla. –Brujería –susurró el bárbaro. Ahriel replegó las alas, pero no respondió. No tenía nada que decir. El luchador no se atrevía a mirar a su alrededor. Había sido vencido de manera humillante. Aunque el ángel no se había ensañado con él, su absoluta imperturbabilidad, que dejaba en evidencia la violenta furia del bárbaro, había convertido su derrota en algo mucho más vergonzoso para él. Sin gritos, sin aspavientos, sin ruido, aquella mujer con alas de pluma blanca lo había dejado en ridículo delante de todo el mundo. Pronto todo Karish conocería hasta el mínimo detalle de aquella pelea. Su carrera estaba acabada. El bárbaro alzó la cabeza para mirar al ángel. Ella no sonreía; no había expresión en su rostro. El luchador advirtió la absoluta perfección de sus rasgos y pensó que a la gente podía parecerle hermosa. No más que una estatua de mármol, se dijo. Pura y perfecta, pero fría y sin vida. –Mátame –le pidió a Ahriel. Ella negó con la cabeza. Envainó de nuevo la espada, extendió las alas y, con un poderoso impulso, se elevó en el aire. Todos la vieron volar, resplandeciente, con los rayos solares reflejándose en su armadura de oro. Era un espectáculo magnífico. Ahriel, sin embargo, no se entretuvo con florituras. Abrió las alas un poco más y se quedó suspendida en el aire, delante de la reina Marla, que seguía asomada al balcón. –Saludos, Ahriel –sonrió ella–. Bien luchado. –Señora –el ángel inclinó la cabeza ante la soberana de Karish. –Ahora debes descansar, pero supongo que no tendrás inconveniente en pasar a verme más tarde. Siempre disfruto con tu compañía. –Si así lo deseas. Ahriel se despidió de la reina Marla y se elevó hacia las cúpulas más altas del palacio. Pronto la perdieron de vista. La reina se retiró del balcón, seguida de su séquito. Los espectadores del patio se fueron dispersando. Momentos después, sólo el bárbaro seguía allí, hundido y abatido sobre las amplias baldosas de piedra. Ahriel había cambiado su armadura de oro por una sencilla túunica blanca. Su espada seguiía, no obstante, prendida en su costado. Ahora se hallaba sentada ante la reina Marla, en sus aposentos privados. Muy poca gente tenía permiso para entrar allí. Ahriel tenía la obligación de hacerlo, siempre que fuera necesario. La reina la miró, pensativa, mientras jugueteaba con el medallón que pendía de su cuello y que siempre llevaba puesto, porque era un regalo del ángel. Las dos mujeres eran muy diferentes. Ahriel era imponente, alta, serena y resplandeciente como una diosa. Marla era pequeña, pelirroja, impaciente. Con los años, había aprendido a dominar su nerviosismo, porque le iba la vida en ello. Ahriel le había enseñnado. Ahriel había estado junto a su cuna cuando nació. Muy pocos, en tierras de humanos, sabían de dónde procedían los ángeles. Algunos aseguraban que descendían de las nubes. La mayoría creía que eran sólo criaturas de leyenda. Por esta razón, entre otras muchas, hubo tal revuelo en la corte el día en que Marla nació y nada menos que un ángel se presentó en el palacio, solicitando audiencia al anciano rey Briand. Hablaron en privado, y ninguno de los dos hizo a nadie partícipe de lo que se trató en aquella inusitada reunión. Pero, a partir de entonces, Ahriel acompañó a Marla, para protegerla y servirla fielmente, a lo largo de toda su vida como princesa, primero, y como soberana de Karish, después de la muerte de su padre. Marla había crecido bajo la sombra de las grandes alas de Ahriel. El ángel apenas había cambiado en aquellos diecisiete años, pero hacía ya mucho que la reina había dejado atrás la infancia. Ahriel se había dado cuenta de ello. Lo apreció, una vez más, en los ojos de su protegida cuando ella le dijo, en voz baja pero desapasionada: –Ahriel, hay un motivo por el cual quería hablar contigo: han asesinado al conde Aren, el embajador del reino de Saria. El ángel frunció levemente el ceño, pero no dijo nada. Simplemente, esperó, porque sabía que Marla no había terminado de hablar. –Fue cuando regresaba a Saria para ofrecer al rey mi propuesta de alianza. Los sarianos han encontrado su cuerpo. Alguien le había clavado un puñal en el corazón –Marla hizo una pausa; después añadió lentamente–. Un puñal forjado en Karishia, muy caro; pertenecía, sin duda, a alguien de la nobleza. –Comprendo –asintió Ahriel. Marla fijó en su ángel una mirada llena de preocupación. –Alguien está intentando culparnos a nosotros del asesinato del conde. Aun suponiendo que el rey de Saria aceptase mi versión, no sé si con eso evitaríamos que nos declarasen la guerra, Ahriel. El conde Aren era muy querido, y en Saria circulan extraños rumores. Dicen que Karish ambiciona expansionarse hacia los reinos vecinos. ¡Los dioses saben que hemos pasado siglos defendiéndonos de las ambiciones de los reinos vecinos! –Lo sé, señora –la tranquilizó Ahriel. La reina no pudo quedarse sentada por más tiempo. Se levantó y comenzó a pasear arriba y abajo, nerviosa, reflexionando intensamente. –Esos estúpidos rumores… –dijo por fin–. Los ataques a mercaderes sarianos en nuestras tierras… y el asesinato del conde Aren, que trabajaba por la paz entre todos los reinos. Alguien está tratando de provocar la guerra, pero… ¿quién? –Podrían ser radicales sarianos, señora. O el núcleo de imperialistas de Ura. O agentes de otros reinos. Marla frunció el ceño. –De todas formas, Ahriel, la partida del conde se hizo en el más absoluto secreto, así como la ruta que seguiría. –Eso significa que tienes a un traidor más cerca de ti de lo que sería deseable –Ahriel habló con gravedad, pero también con desapasionamiento–. Y, si trabaja para alguien que busca una guerra entre reinos, es posible que tú seas su próximo objetivo. Marla no dijo nada. Se había detenido junto a la ventana y observaba cómo caía la tarde sobre la ciudad de Karishia. –No temas, señora –añadió el ángel con suavidad–. Lo encontraré. Y acabará el resto de sus días en Gorlian, porque no merece un destino mejor. Marla no dijo nada; sólo suspiró, casi imperceptiblemente. Ahriel inclinó brevemente la cabeza y salió de la habitación.

Laura nos habla de la saga ''CRONICAS DE LA TORRE''

Y, entonces, tras muchos milenios cubriendo el mundo, sobre ellos se abrieron las nieblas por fin, y revelaron un luminoso circulo rojo, clavado en el firmamento como un ojo esplendido y gigante. FRAGMENTO DE ''LA EMPERATRIZ DE LOS ETEREOS''

EL COLECIONISTA DE RELOJES EXTRAORDINARIOS: Pero Jonathan sintio su mirada clavada en la nuca durante todo el trayecto a lo largo del callejon, y percibio su tristeza, la que mas llegaria a sentir, una tristeza mas alla de la comprension humana

MEMORIAS DE IDHUN : LA RESISTENCIA Dentro de ti hay mucho mas de lo que puedas imaginar.

MEMORIAS DE IDHUN Vosotros sois tres,como los soles y las lunas,esa es vuestra fuerza,pero tambien vuestra mayor debilidad.

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